Buena parte de lo que hoy es la Dirección de Lingüística del INAH se debe a sus creadores, sus fundadores, quienes hace ya casi medio siglo, impusieron su sello en cuanto a las principales líneas de investigación.

En el año de 1968 se creó la Sección de Lingüística del Museo Nacional de Antropología, cuyo principal objetivo fue el rescate de las lenguas menos conocidas o más amenazadas de extinción, con la consecuente elaboración de las descripciones respectivas. También se desarrollaron estudios complementarios a aquél, como los referentes a la geografía lingüística y a la dialectología y, finalmente, se prosiguieron los estudios sobre escrituras mesoamericanas que ya se habían iniciado con anterioridad.

En ese primer momento la Sección de Lingüística estaba conformada únicamente por tres investigadores, a saber, los maestros Leonardo Manrique, fundador y jefe de la Sección, Roberto Escalante y María Cristina Álvarez Lomelí, quienes produjeron trabajos que seguían las líneas básicas de investigación determinadas desde el principio, tal como lo atestiguan los textos publicados en diversas revistas científicas.

Otros destacados lingüistas egresados de la ENAH continuaban laborando en el Departamento de Investigaciones Antropológicas del INAH y algunos otros se habían incorporado a la UNAM. Los primeros, tras la desaparición de la nombrada dependencia, se incorporaron al entonces llamado Departamento de Lingüística, creado dos años después. Ellos fueron los maestros Evangelina Arana, Moisés Romero, Roberto Bruce y los pasantes Benjamín Pérez González, Manuel Alvarado Guinchard y Sergio Vivanco Ruiz.

Posteriormente, en el año de 1989, el que había sido Departamento de Lingüística se transformó en lo que ahora conocemos como Dirección de Lingüística del INAH, que siguió, en lo general, las mismas líneas de investigación.

Si bien es cierto que los investigadores mantenían una producción académica constante y de indiscutible valor científico, pronto se hizo evidente que el personal resultaba notoriamente escaso para abarcar todos los campos y casos en que se requería la presencia de la ciencia lingüística. En estas circunstancias, el Departamento de Lingüística adoptó dos medidas para paliar en algo esa escasez: contrató temporalmente personal ya formado, al que le encargó tareas específicas, como en los casos del doctor Jorge A. Suárez y del maestro Otto Schumann Gálvez y, por otro lado, permitió el ingreso de estudiantes avanzados de la licenciatura de Lingüística como auxiliares de investigación, con la finalidad de contar en un futuro con personal capacitado y ubicado ya dentro de lo que eran los focos de interés del Departamento.

Hemos mencionado ya que tanto la Sección como el Departamento y, finalmente, la Dirección de Lingüística, habían mantenido siempre las mismas líneas de investigación y que el personal que se adscribía a cada una de ellas era egresado de la ENAH, institución donde había ejercido una muy importante influencia el Dr. Morris Swadesh como formador de lingüistas profesionales. Por ello conviene aclarar ahora que las investigaciones que ahí se realizaban correspondían básicamente a lo que conocemos como lingüística antropológica pues, como dice el maestro Leonardo Manrique en su autobiografía:

“La lingüística no se consideraba un limbo sólo para lingüistas, sino que se tomaba como parte de la antropología…..y aplicaba a la historia y, por supuesto, a la educación y a la sociología y demás…..Todo tiene que ver con esta lingüística externa, para decirlo en términos saussureanos, distinta a la lingüística interna que sería concentrarse exclusivamente en las lenguas o en el lenguaje”

Por estas razones, las investigaciones que se llevaban a cabo constituían –y siguen constituyendo- un gran porcentaje de la producción y se refieren fundamentalmente a las lenguas indígenas del país. Así, se presentaban estudios que abarcaban desde la descripción de los idiomas –en sus niveles fonológico, morfológico y sintáctico-, los vocabularios, la variación regional de las lenguas o dialectología, hasta las relaciones entre lengua y cultura y la aplicación de los conocimientos lingüísticos en otros campos, como por ejemplo el de la educación.

Resulta evidente, nos parece, que la amplia gama de productos bibliográficos que ha venido arrojando nuestra Dirección es el resultado de esa visión integral que nos ha caracterizado y que mantuvieron y fortalecieron todos los lingüistas que nos precedieron, quienes en buena medida han sido los formadores de las generaciones actuales.


Varios son los lingüistas que han dejado su huella en nuestra dependencia; muchos de ellos permanecieron aquí durante todo su vida productiva y algunos más sólo por períodos de tiempo más o menos largos
…recordemos a algunos de ellos.


Iniciemos nuestro recuento con María Cristina Álvarez Lomelí egresada, como casi todos nosotros, de la ENAH. Su campo de investigación se centró en el maya yucateco. En 1967 presentó, para la obtención del grado de maestría en ciencias antropológicas, una tesis intitulada
“Descripción estructural del maya colonial”. Con el paso del tiempo su conocimiento sobre el tema la llevó a preguntarse qué lengua se había utilizado para escribir los glifos mayas, ya que hasta esos momentos –finales de la década de los sesenta- todavía no se había logrado descifrar en su totalidad dicha escritura, pero ya era evidente para los especialistas que los glifos mayas no representaban a la lengua maya actual; así que María Cristina se impuso la tarea de investigar sobre el asunto. Como consecuencia elaboró un artículo titulado “Estructura del idioma en que se escribieron los códices mayas”, en el que concluye que “la estructura del idioma empleado en los códigos mayas sigue las reglas de los idiomas de las Tierras Bajas; pero en cuanto a la semántica, conceptos y símbolos, debe ser tratado como un idioma especial de las Tierras Bajas”

Con el correr del tiempo y con una mayor amplitud conceptual comenzó a elaborar lo que, a nuestro juicio, fue su mayor logro: un
“Diccionario etnolingüístico del idioma maya yucateco colonial”, que fue publicado por la UNAM en 1984, donde captura la cosmovisión del grupo maya y que constituyó un gran avance en el campo de la etnolingüística.


Si bien la obra de investigación de María Cristina Álvarez Lomelí no es muy copiosa, sus aportes en el campo de la mayística son dignos de ser tomados en cuenta por la calidad que en ellos campea.


Otro lingüista que desarrolló su vida profesional en esta Dirección fue Robert D. Bruce, estadounidense que estudió antropología en su país y que vino a México a realizar una investigación sobre los lacandones, los conoció y se enamoró tanto del grupo que decidió quedarse a vivir permanentemente entre nosotros.

A diferencia de otros mayistas, Bruce se especializó al cien por ciento en un solo grupo: el lacandón. No encontramos en el registro de su producción ningún trabajo referente a otro grupo indígena. Desde la elaboración de su tesis que presentó en la ENAH en 1965 con el título de “Gramática del lacandón” (publicada por el INAH en 1968), hasta la última de sus publicaciones, “Arte maya: esplendor y simbolismo” (editado por el Fondo Editorial de la Plástica Mexicana en 1991), tanto en inglés como en español, su trabajo versó siempre sobre incontables facetas de la vida cultural lacandona.

Si bien su producción bibliográfica no fue muy extensa, encontramos en ella ejemplos de excelente calidad, como sus publicaciones “Jerarquía maya entre los dioses lacandones”, “El libro de Chan K’in” y “Lacandon Dream Symbolism”.


Por desgracia, en el terreno de la docencia Robert Bruce no incursionó más que en una sola ocasión, cuando impartió un curso sobre lengua y cultura en la Universidad Iberoamericana. No obstante su ausencia de las aulas no disminuye el valor y la importancia de su obra.

Evangelina Arana Osnaya, la tercera lingüista mexicana egresada de la ENAH, se graduó en 1957 con una tesis que versaba sobre
“Las relaciones internas del mixteco-trique” en la que manejó la aplicación del método comparativo léxico-estadístico, desarrollado por Swadesh, para obtener las posibles correspondencias fonológicas entre diversos dialectos. Este fue el trabajo que marcó la personalidad académica de Evangelina, ya que en él no sólo desarrolló el tema en forma puramente lingüística, sino que inició la tradición de abordar los análisis determinando los aspectos geográficos, históricos y culturales de la población en estudio. Fue esta la tónica que siguió en sus futuras investigaciones, donde se delinearon primordialmente tres variantes, a saber: 1) Estudios sobre lingüística histórica y comparada; 2) estudios sobre lingüística aplicada a la enseñanza de lenguas y 3) estudios sobre el lenguaje en relación con otros campos.


Desde el año de 1939 y casi hasta el final de sus días, Evangelina estuvo dedicada a la docencia; las escuelas rurales del país, las universidades nacionales e incluso algunas extranjeras vieron pasar generaciones de alumnos que se beneficiaron con sus conocimientos. Impartió cursos tan diversos como lingüística histórica y comparada, teoría y práctica de la lingüística, morfología y sintaxis, glotocronología, lingüística indoeuropea, lengua y cultura, amén de algunas otras referidas concretamente al campo de la pedagogía, todo lo cual nos muestra el inmenso bagaje académico que poseía y que puso siempre a la disposición de quien lo solicitara.


La calidad de la maestra Arana en el aspecto docente se pone de manifiesto, no sólo en la diversidad de materias que impartió, sino también en la buena preparación de los profesionistas
–en distintas áreas y niveles- que formó y que constatamos al revisar las múltiples tesis que dirigió, tanto en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, cuanto en la misma Escuela Nacional de Antropología e Historia. De igual manera, sus muchos trabajos publicados en México y en el extranjero, en español y en inglés, atestiguan su sólida preparación y su dominio sobre los muchos campos de la lingüística y la pedagogía.

Rememoremos ahora a otro destacado lingüista que formó parte de nuestra Dirección: el maestro Moisés Romero Castillo. Sobre él cuenta Eréndira Nansen: “En los años cincuenta el ingeniero Weitlaner le sugirió a Moisés Romero hacer una investigación de tesis sobre el chichimeco-jonaz, lengua de la familia otomangue que se habla –aún hoy- en el estado de Guanajuato”. Con este trabajo el maestro Romero obtuvo el título de lingüista. Además de sus estudios en la ENAH, tomó cursos con destacados investigadores estadounidenses, entre los que podemos mencionar a Eunice y Kenneth Pike y Eugene A. Nida.

En el terreno de la investigación, la labor del maestro Romero se centró en la lengua maya, sobre la que escribió varios artículos; trabajó además en el chichimeco-jonaz, acerca del cual publicó una descripción del sistema fonético, un vocabulario y un ensayo etnográfico. Por otra parte, se interesó también en los aspectos dialectológicos del tzeltal y sus estudios fueron publicados en 1961.


Sin lugar a dudas, el conocimiento de los distintos aspectos del idioma maya que posee el maestro Romero es enorme, pero mayor fue en nuestra opinión, su gran calidad como formador de profesionales de la lingüística.